13. Un cumpleaños
A lo largo de los años.
No recuerdo grandes cumpleaños cuando era pequeña, mi madre preparaba una tarta “Charlota” —que hace poco tiempo descubrí que había llegado a Asturias en 1935 gracias a un repostero austriaco — y soplaba las velas en la mesa de metal azul de la cocina. No había grandes regalos, creo que se reservaban para Navidad, ya que no llegaba para todo. Era un día sencillo y nunca celebraba con mis compañeros ni llevaba revoltijos de chucherías al colegio. Todo costaba dinero.
Después de que mi padre nos dejó, nadie quería celebrar nada y recuerdo un cumpleaños muy especial en el que la entonces novia de mi hermano mayor me compró una tarta y pude soplar las velas. Fui muy feliz, alguien se había acordado de mí y quería celebrar conmigo. Hace pocos meses me mandó una foto que me sacó ese día, sonrío borrosa tras el objetivo. Creo que en esos años solo quería sentirme querida y tenía un agujero enorme en el pecho. Creo que ahora sigo buscando lo mismo.
En esos momentos decidí que cuando pudiera iba a celebrar mi cumpleaños con mi gente cada año. Desde que cumplí los 18 y empecé a vivir sola, cada año juntaba a mis amigas en casa con pizza Casa Tarradellas, vino barato y una tarta del súper y era el día más feliz. Tengo grandes recuerdos de esas cenas, que acababan bailando en cualquier bar sintiéndome muy afortunada.
Me mudé a Londres y las celebraciones siguieron, siempre en casa, una guirnalda, algo de picoteo, mucho vino y cualquier tarta. Invitaba a todos mis amigos y les abría las puertas de mi casa. Me encanta recibir amigos en casa y charlar hasta las tantas y beber y reír y que la vida fuera eso. Celebrar que estamos aquí un año más y que pese a todo eso es lo único que importa. Intento replicar esa tradición donde quiera que esté viviendo en ese momento, invito a mis allegados y preparo una cena con cariño y amor. Coloco las copas, los platos, escribo un menú a mano y abro las mejores botellas de vino que tengo en la despensa.
Este año celebré mi cumpleaños en Fuerteventura, me desperté con grandes ilusiones y expectativas y no fue como había imaginado. Empecé a recordar todos esos cumpleaños tristes del pasado, pensé en lo lejos que estaba mi madre y todo lo que no había conseguido este año. Los deseos que no se habían hecho realidad. Algo me llevó a un estado introspectivo y triste. Pense más en los fallos que en la suerte. Soplé las velas con lágrimas en los ojos y me pasé el día intentando salir de ese estado de tristeza. Al llegar la noche, brindé con amigas y la vida se sintió más ligera. Volví a soplar las velas esta vez con una gran sonrisa en la cara. Justo unos días antes había celebrado mi cumpleaños de manera “no oficial” y fue el día perfecto. Hice todas mis cosas favoritas desde que me desperté hasta que me fui a dormir. Fue un día sencillo y precioso, sin expectativas. Creo que el error siempre son las expectativas, vivir en el pasado o en el futuro.
Este sábado será la celebración en mi casa de este año. Estoy pensando en el menú y en cómo puedo decorar la mesa. Busco la floristería más cercana y lavo el mantel que bordó mi madre cuando era joven que cogí la última vez que estuve en Asturias. Siempre me pongo nerviosa los días previos, queriendo que todo salga bien. Me imagino charlas en torno a la mesa y cómo mis amigos conectarán entre ellos. Siempre es un día feliz y mi corazón se vacía ese día. Vuelvo a sentir toda la suerte y la fortuna, soplo las velas como aquella niña sobre la tarta Charlota, pidiendo un deseo que ojalá se cumpla algún día.
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Hola! Acabo de descubrirte y me gusta mucho como escribes, con una sencillez tierna y a la vez profunda. Ha sido como colarme en esos cumpleaños, un viaje de años en apenas un puñado de párrafos. Sigue escribiendo porfa y planificando con esos rituales bonitos tu cumple. Un abrazo a aquella niña de los 90. Hubiéramos sido buenas aliadas en esa época y compartido libros del barco de vapor ☺️
Deseando celebrarte y brindar por ti 🥂